Conversé con Bolañísimo mismo. Recorriendo algunas aguas en un submarino Alemán, hicimos una gira presentando una de sus obras de “temática” nazi (pudo haber sido “Tercer Reich” o “La Literatura Nazi en América”). Le pregunté si le habían puesto algún problema, me dijo que no.
Al final de una de sus obras (pues se presentó insólitamente como actor) me contó tras mi insistencia, por qué lo mandó a llamar el großadmiral Dönitz felicitándolo y ofreciéndole como transporte nada menos que un U-Boot. Por ignorancia, me dijo.
Una vez arriba de éste, comienza una gira por los océanos del mundo y yo, cual Ulises Lima, lo acompaño siempre. Su consejo fue que escribiera y escribiera, me lo dijo una vez que salimos a la superficie en algún lugar del Atlántico con un cigarrillo en la boca; él vestía unos pantalones de mezclilla blancos como emulando un uniforme, mientras el viento ultramarino hacía galopar su pelo largo, ese de la juventud de poeta infrarrealista del DF. Me dijo que escribiera y escribiera y nada de peros ni pucheros.
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Iquique:
Militares en las calles. Stop
Embarcaciones mar adentro. Stop
Se aprecian las luces de áquellas a lo lejos. Stop
La gente se aglomera en miradores esperando ver algo. Stop
Las señoras compran kilos y kilos de pan. Stop
Las señoras compran litros y litros de agua. Stop
Y el oleaje no fue más que mediático. Stop
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- Quiero 3 Kilos de pan y 4 botellas de agua mineral sin gas porfavor… ¡Ah!, y una empanada de pino.
- ¿Le caliento la empaná señora?
- Hágame el favor joven.
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Entonces apareció Odette, hermosa y muy distinta a su aspecto habitual. La abracé con fuerza y soltó unas lágrimas.
—¿Cómo está Aldana? pregunté en medio del abrazo.
Nos apartamos, y sin quitarse las lágrimas de su rostro me miró y no dijo nada. Sólo logré saber de la existencia de aquél director del instituto de arte después de un rato, cuando conversamos con Odette . Básicamente me dijo que Aldana no podía hacer nada por el asedio intoxicante de ese hombre que se las arreglaba personalmente para perjudicarla. En ese momento se me vino a la memoria una imagen de Aldana y yo cuando intenté, entre el desorden de sus libros, tomar uno que llamó mi atención, pero que su mano, pálida y con fuerza, me lo impidió. La miré y entendí que el título y contenido de aquel libro diría demasiado sobre ella. Sólo quedé conforme, y a modo de retribución, con mirar su blanco rostro envuelto por su hermosa y rojiza cabellera.
Un día iba por Américo Vespucio, cerca de Departamental, cuando diviso a lo lejos al director. Iba trotando. Nunca nos habíamos conocido, lo reconocí por un folleto promocional del instituto que había visto alguna vez. Lo seguí con la mirada hasta que empecé a correr hasta su lado, y unos pocos metros antes, saco rápidamente mi navaja Suiza, al parecer me vio, porque comenzó a correr más rápido e intentando sacar una pistola, de esas que salen en la TV y se ponen en el tobillo. Mientras corríamos, él intentó dispararme sin éxito. Tomé impulso y me lancé sobre él propinándole un par de puñaladas que terminaron en su espalda. No tengo la convicción de que esto haya ayudado a Aldana, pero la sensación del momento me dijo que sí.
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